En la sociedad contemporánea, y muy particularmente en la cultura occidental, el amor y el sexo tienden a ser conceptos que se pretende estén siempre interrelacionados. Pero no siempre fue así.
Del mismo modo, no faltan ejemplos de quienes defienden hipócritamente tal “obligatoriedad”, pero están (muy) lejos de practicarla.
El hecho es que, para muchos, amarse y tener una relación estable con alguien no impide sentir deseo por otra persona y asumirlo, aunque ese deseo sea (y, en la inmensa mayoría de los casos, tienda a ser) únicamente sexual. Conviene recordar que, en su origen, el ser humano era incluso polígamo, y que la monogamia actualmente prevaleciente deriva de una imposición – raramente cuestionada – por parte de un modelo de sociedad basado, o fuertemente influenciado, por la moral judeocristiana, y que con el paso del tiempo se convirtió en norma.
Aunque no sea fácil definir cuál es el verdadero origen del swing, ni siquiera la forma en que hoy se practica y conoce, lo innegable es que la práctica del sexo en grupo siempre ha existido en la sociedad. Hoy en día, los swingers no son, en su esencia, polígamos, es decir: no necesariamente se enamoran de otras personas.
El swing acaba siendo, así, la práctica del sexo social, normalmente entre parejas, aunque puede adoptar variantes definidas según las fantasías y gustos de cada uno. Lo más común es que, en una fase preliminar, la pareja que desea enriquecer y ampliar su vida sexual empiece buscando a un hombre o una mujer que se una a ellos, para formar así un “trío” – práctica que algunos consideran como swing, pero que no deja de ser un “ménage à trois”. Del mismo modo, también existen quienes, en una relación swinger, no pasan de los preliminares y del intercambio de caricias, terminando cada cual con su pareja habitual en el momento de la penetración.
Independientemente de las definiciones que se les quiera atribuir, es innegable que todas las variantes del swing deben ser aceptadas por quienes deseen asumirse como swingers y liberales, pues no son más que el resultado de las fantasías que cada pareja quiera realizar. Y estas, siempre que respeten la libertad individual de todos los implicados, tienen toda la legitimidad.
“El swing acaba siendo, así, la práctica del sexo social, normalmente entre parejas, aunque puede adoptar variantes definidas según las fantasías y los gustos de cada uno.”
Lo más interesante es que conceptos con gran peso en la sociedad actual poco o nada se aplican a las parejas swingers. Aquello que muchos hacen a escondidas, y que normalmente se considera traición, pasa a ser no solo permitido, sino incluso incentivado y acordado por la propia pareja. Siguiendo la misma lógica, la infidelidad tampoco existe entre los miembros de una pareja swinger, pues el consentimiento mutuo para que exista implicación sexual con otras personas impide que se instale la tantas veces perniciosa pérdida o quiebra de confianza entre ellos.
Pero no se debe pensar que no existen riesgos en la práctica del swing – especialmente cuando la decisión de hacerlo no está suficientemente reflexionada y madurada, o cuando la pareja no está plenamente sintonizada en relación con sus objetivos dentro de una relación swinger. Por eso, conviene no olvidar que, por ejemplo, ver a la propia pareja con otra persona es algo con lo que puede no ser fácil lidiar si no se cumplen los presupuestos mencionados; de la misma forma que es imprescindible interiorizar que el swing no es un recurso para salvar matrimonios debilitados, sino que tiende a complicarlos aún más, cuando no a destruir por completo aquellas relaciones frágiles que se intentan recuperar por esta vía.
Lo cierto es que son varios los motivos que pueden llevar a una pareja a decidirse por la práctica del swing, siendo uno de los más mencionados, inevitablemente, el hecho de que constituye una buena forma de contrarrestar la monotonía que tiende a instalarse en una vida vivida únicamente a dos. Pero esto no puede considerarse una regla. Ahí están los ejemplos de parejas que se inician en el swing mientras aún son novios; y de aquellas que, estando casadas desde hace muchos años, son swingers desde el inicio de su relación.
De lo que no cabe duda es de que el swing es, esencialmente, sexo social. Entendiéndose por ello una actividad social basada en la actividad sexual, debidamente consentida y practicada entre adultos conscientes y responsables. Y no habiendo, tampoco en este caso, limitación o imposición de género, el hecho es que la mayoría de los casos se da entre parejas heterosexuales.